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¿Para qué hacemos música?

20 ago
10 min de lectura

Una reflexión sobre el arte, el reconocimiento y la formación humana


Hay una pregunta que, después de muchos años de estar cerca de la música como intérprete, docente, compositor, arreglista, director, investigador, entre otros; específicamente desde los 9 años y ahora mismo tengo 48, cada vez me parece más necesaria:


¿Para qué hacemos música?


La pregunta parece sencilla, pero quizá no lo sea tanto.


Hacemos música para expresarnos, para comunicarnos, para crear, para investigar, para enseñar, para transformar, para acompañar a otros. También hacemos música porque nos gusta, porque nos apasiona, porque encontramos en ella una manera particular de comprender el mundo y de comprendernos a nosotros mismos.


Pero también hacemos música dentro de un sistema que nos invita constantemente a demostrar.


  • Demostrar que somos buenos.

  • Demostrar que estudiamos.

  • Demostrar que tenemos talento.

  • Demostrar que podemos.

  • Demostrar que hemos avanzado.

  • Demostrar que nuestra obra merece ser escuchada.

  • Demostrar que somos importantes.


Y quizá, sin darnos cuenta, en medio de esa necesidad de demostrar, podemos perder de vista algo esencial:



"El arte no nació para demostrar cuánto valemos".




El artista y la necesidad de ser visto





Vivimos en una época en la que mostrar lo que hacemos parece casi inseparable de el hecho mismo de hacer o crear.


  • Un concierto se anuncia.

  • Un estreno se fotografía.

  • Una grabación se publica.

  • Un premio se comparte.

  • Una gira se documenta.

  • Un título se incorpora al currículo.

  • Una obra se presenta.


Todo esto es completamente legítimo.


Los artistas necesitamos comunicar nuestro trabajo. Necesitamos encontrar públicos. Necesitamos promocionar nuestras obras y generar oportunidades profesionales. No hay nada reprochable en ello.


El problema aparece cuando comienza a desaparecer la diferencia entre mostrar nuestra obra y construir nuestra identidad a través de ella.


Existe una línea muy delgada entre promocionar lo que hacemos y promocionarnos a nosotros mismos como producto.


Y esa línea merece nuestra atención.

Porque una cosa es decir:

"Esta es mi música. Quiero compartirla contigo."

Y otra muy distinta:

"Mira quién soy. Mira cuánto valgo."


La primera pone la obra en relación con los demás.

La segunda pone al propio artista en el centro de la mirada y cuando esto ocurre, la música puede empezar a convertirse en un instrumento de validación personal.



Cuando el aplauso deja de ser consecuencia y se convierte en necesidad



El aplauso es hermoso.


Una felicitación después de un concierto puede alegrarnos profundamente.


Un premio puede representar años de esfuerzo.


Un título universitario puede simbolizar una trayectoria de sacrificio y disciplina.


Una invitación a tocar en otro país puede ser un logro enorme.


Todo eso merece ser celebrado.


Pero hay una diferencia fundamental entre disfrutar del reconocimiento y necesitarlo para saber quiénes somos.




Cuando el reconocimiento se convierte en una medida de nuestro valor, entramos en un terreno peligroso.


Porque entonces ya no basta con hacer música.


Necesitamos que los demás confirmen que la música que hacemos es valiosa.


Necesitamos que alguien diga que tocamos bien.


Que nuestra obra es importante.


Que nuestro concierto fue extraordinario.


Que nuestro currículo es impresionante.


Que nuestro nombre merece estar allí.


Y entonces el aplauso deja de ser una consecuencia posible del encuentro artístico y comienza a convertirse en una necesidad psicológica.


La pregunta deja de ser:

¿Qué estoy comunicando?

Y empieza a ser:

¿Qué están pensando de mí?

Creo que ahí perdemos algo esencial.




El arte no determina tu valor




Una medalla no determina quiénes somos.


Un premio tampoco.


Un título universitario tampoco.


El número de conciertos que hemos realizado tampoco.


El número de obras que hemos compuesto tampoco.


La cantidad de personas que nos siguen en redes sociales tampoco.

Ni siquiera nuestro nivel técnico puede definir completamente nuestro valor como seres humanos.


Y, quizá, tampoco deberíamos utilizar esos elementos como una medida absoluta del valor de nuestro arte.


Esto es especialmente importante en la educación musical.


Porque nuestros estudiantes están aprendiendo mucho más que escalas, repertorios, armonía, técnica instrumental, composición o interpretación.


Están aprendiendo qué significa ser músico.



Y nosotros, como docentes, tenemos una enorme responsabilidad en esa construcción.


Podemos enseñarles, sin proponérnoslo, que ser músico significa no equivocarse.


Que ser buen músico significa tocar mejor que el compañero.


Que tener éxito significa ganar concursos.


Que avanzar significa acumular títulos.


Que ser importante significa tener muchas presentaciones.


Que una buena carrera consiste en estar permanentemente ocupado.

O podemos enseñarles algo diferente.


Podemos enseñarles que ser músico también significa:

Escuchar.

Arriesgar.

Preguntar.

Equivocarse.

Reflexionar.

Compartir.

Crear.

Sentir.

Comunicar.

Y, sobre todo, seguir siendo persona mientras se aprende a ser artista.






El miedo al error




Pienso especialmente en nuestros estudiantes cuando suben a un escenario.


A veces el miedo que los estudiantes sienten en un concierto, audición o similar, no es realmente el miedo a equivocarse musicalmente.


Es el miedo a que el error revele algo sobre nosotros.


"¿Qué pensará mi compañero?"

"¿Qué pensará mi profesor?"

"¿Van a pensar que no estudié?"

"¿Van a pensar que no soy suficientemente bueno?"


Entonces el concierto deja de ser un espacio de comunicación y se convierte en un examen público de nuestra identidad.


Y eso es tremendamente pesado para un joven músico.


Porque si cada error amenaza nuestra imagen, terminaremos intentando no equivocarnos en lugar de intentar comunicar.


Y son cosas muy diferentes.


Un músico puede tocar todas las notas correctamente y no decir absolutamente nada.


Otro puede cometer un pequeño error y, sin embargo, producir una experiencia profundamente significativa.


Esto no significa que debamos abandonar la disciplina, la técnica o la excelencia.

Todo lo contrario.


La excelencia sigue siendo importante.


Estudiar es importante.

Prepararse es importante.

Afinar es importante.

Tener buen sonido es importante.

Conocer el repertorio es importante.

La técnica importa.

Pero la técnica debería estar al servicio de la expresión y de la comunicación, no convertirse en el propósito último de nuestra existencia artística.




¿La mejor versión de nosotros mismos?


Algo parecido sucede cuando grabamos.

Queremos la mejor toma.

La mejor fotografía.

La mejor edición.

El mejor sonido.

El mejor video.

La mejor interpretación.

Y nuevamente: no hay nada malo en buscar calidad.

Pero podemos hacernos una pregunta:



¿Estamos buscando la mejor versión de la obra o la mejor versión de nosotros mismos para que los demás nos vean?



No siempre son lo mismo.

La primera pregunta pertenece al territorio del arte.

La segunda pertenece, en buena medida, al territorio de la imagen.

Y quizás uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo consiste precisamente en aprender a distinguirlas.




John Dewey: el arte como experiencia



En Art as Experience (El arte como experiencia, 1934), libro que recomiendo que todo músico, y artista en general debe leer, Dewey propone comprender el arte no solamente como un objeto terminado, sino desde la experiencia que se produce alrededor de él. Para Dewey, lo estético no es algo separado de la vida cotidiana, sino una intensificación y culminación de la experiencia humana.


Esta perspectiva tiene profundas consecuencias pedagógicas.

Si el arte es experiencia, entonces enseñar arte no puede reducirse a enseñar procedimientos.


No basta con enseñar a tocar.

Hay que enseñar a escuchar.

No basta con enseñar a ejecutar.

Hay que enseñar a interpretar.

No basta con enseñar a evitar errores.

Hay que enseñar a asumir riesgos.

No basta con enseñar cómo hacer una obra.

Hay que ayudar a comprender por qué hacerla y qué puede significar para otros.


Dewey precisa en el vínculo entre experiencia estética y educación: el arte puede convertirse en una fuente de comprensión de nosotros mismos y de los demás.


Esto transforma profundamente la pregunta pedagógica.


Ya no se trata solamente de:

¿Qué debe aprender este estudiante?

También debemos preguntarnos:

¿Qué experiencia humana queremos que viva mientras aprende?




El arte como encuentro


Tolstói, desde una perspectiva muy diferente, planteó una idea que sigue siendo provocadora e interesante. para este texto: el arte tiene que ver con la transmisión de una experiencia emocional de una persona a otra. Para él, el arte puede funcionar como una forma de unión humana.


No es necesario aceptar toda la teoría estética de Tolstói para reconocer la fuerza de esta idea.


Porque si hacemos música y nadie necesita encontrarse con ella, ¿qué estamos haciendo?

Si componemos solamente para demostrar nuestra capacidad técnica, ¿qué queda de la comunicación?

Si interpretamos solamente para demostrar que podemos tocar, ¿qué sucede con quien escucha?


Tal vez el arte comienza verdaderamente cuando deja de ser solamente nuestro.

Cuando sale de nosotros.

Cuando encuentra a otro.

Cuando alguien escucha una melodía y recuerda a alguien.

Cuando una armonía produce una emoción.

Cuando una obra hace pensar.

Cuando una interpretación acompaña.

Cuando una canción consigue decir aquello que alguien no sabía cómo decir.


Ahí aparece el sentido profundo de la comunicación artística.




La universidad y la construcción del músico


Este asunto adquiere una importancia especial dentro de la universidad.

La universidad tiene que formar profesionales competentes, rigurosos y capaces.

Pero debería formar algo más.


Debería formar seres humanos capaces de relacionarse sensible y críticamente con el mundo.


Porque podemos formar músicos técnicamente extraordinarios que, sin embargo, tengan miedo de equivocarse.

Podemos formar intérpretes impecables que no sepan escuchar.

Podemos formar compositores altamente preparados que hayan olvidado por qué querían componer.

Podemos formar estudiantes con excelentes calificaciones que no hayan descubierto todavía qué tienen para decir.

Y entonces debemos preguntarnos si nuestra educación musical está formando solamente ejecutantes competentes o si está formando personas capaces de vivir el arte como una experiencia humana.


No es una diferencia menor.




La sociedad del rendimiento también llegó a la música


Quizás aquí las ideas de Byung-Chul Han resultan especialmente interesantes para complementar este articulo del Blog.


Han, ha analizado lo que denomina la sociedad del rendimiento: una cultura en la que el individuo termina exigiéndose a sí mismo producir, mejorar, optimizarse y demostrarse constantemente. La presión ya no necesita venir exclusivamente de una autoridad externa; puede convertirse en autoexigencia.


¿No vemos algo parecido en los músicos?


Un concierto más.

Una obra más.

Un festival más.

Una grabación más.

Una publicación más.

Un premio más.

Un título más.

Más seguidores.

Más visibilidad.

Más proyectos.

Más reconocimiento.


Y cuando conseguimos aquello que perseguíamos, inmediatamente aparece la siguiente meta.


Quizás por eso debemos recuperar una palabra que parece haberse vuelto incómoda:

suficiente.


No como resignación.

No como mediocridad.

No como renuncia a la excelencia.

Sino como la capacidad de comprender que nuestra vida es más grande que nuestra carrera artística.



¿Qué clase de ser humano estoy formando?



Esta es quizás la pregunta que más me interesa como docente.

No solamente:

¿Toca bien?

¿Afinó?

¿Estudió?

¿Interpretó correctamente?

¿Conoce el repertorio?

¿Está preparado para el concierto?

Todas esas preguntas son necesarias.

Pero existe otra que deberíamos hacer con la misma seriedad:

¿Qué clase de ser humano estoy ayudando a formar?


Porque detrás de cada estudiante hay una persona.

Una persona que tiene miedo.

Que tiene sueños.

Que tiene familia.

Que tiene dificultades.

Que se equivoca.

Que necesita reconocimiento.

Que a veces necesita descansar.

Que necesita aprender a aceptar sus propias limitaciones.


Y quizá la educación artística debería ayudarlo precisamente a construir una relación más sana consigo mismo.


No necesitamos formar músicos que crean que tienen que ser extraordinarios todo el tiempo.


Necesitamos formar músicos capaces de estar presentes, escuchar, crear, arriesgar, comunicar y continuar después del error.



El arte no debería alejarnos de la vida


Hay algo que me preocupa particularmente: cuando la carrera artística comienza a ocupar tanto espacio que desplaza todo lo demás.


Los conciertos.

Los ensayos.

Las giras.

Las clases.

Las grabaciones.

Los proyectos.

Las reuniones.

Los viajes.

Todo puede parecer urgente.

Y poco a poco podemos empezar a considerar que todo aquello que no pertenece directamente a nuestra actividad artística es secundario.


La familia puede esperar.

Los amigos pueden esperar.

La conversación puede esperar.

El descanso puede esperar.

La vida puede esperar.

Pero la vida no espera.


Y entonces aparece una contradicción profunda:


dedicamos nuestra existencia a un arte que habla sobre la condición humana mientras dejamos de vivir nuestra propia condición humana.


Tal vez necesitamos preguntarnos si el arte que hacemos está enriqueciendo nuestra vida o si estamos utilizando nuestra vida para alimentar una carrera que nunca termina.


No creo que exista una respuesta universal.

Cada artista tendrá que encontrar la suya.

Pero sí creo que la pregunta merece hacerse.




No se trata de rechazar el éxito


Quiero ser claro en esto.

No creo que debamos rechazar los premios.

No creo que debamos esconder nuestros conciertos.

No creo que debamos sentir vergüenza por publicar nuestros logros.

No creo que debamos renunciar a la excelencia.

No creo que debamos dejar de buscar escenarios importantes.

No creo que un artista tenga que fingir humildad para ser auténtico.


El problema no es el reconocimiento.


El problema es cuando el reconocimiento comienza a definirnos.

El problema no es mostrar.

El problema es necesitar ser visto.

El problema no es ganar.

El problema es creer que si no ganamos no valemos.

El problema no es buscar la excelencia.

El problema es creer que solamente merecemos respeto cuando somos excelentes.

El problema no es promocionar nuestra obra.

El problema aparece cuando nuestra imagen comienza a ser más importante que aquello que tenemos para comunicar.


Escribiendo estos renglones me acorde de la canción de Arjona.



Volver a lo esencial


Tal vez necesitamos volver a una pregunta sencilla.

Una pregunta que podríamos hacer antes de un concierto, antes de una grabación, antes de publicar una obra, antes de comenzar una clase:


¿Qué quiero comunicar?


Y quizás después otra:

¿Qué quiero que esta experiencia produzca en quien escucha?


Y una tercera, todavía más profunda:

¿Quién estoy siendo mientras hago esto?


Porque al final, después del concierto, las luces se apagan.

Después del aplauso, llega el silencio.

Después de la publicación, aparece la siguiente publicación.

Después del premio, aparece el siguiente concurso.

Después del título, aparece el siguiente desafío.

Después de la gira, volvemos a casa.


Y cuando todo eso termina, seguimos siendo nosotros.

La persona que está detrás del instrumento.

El ser humano que existe antes y después del escenario.

El padre, la madre, el hijo, la pareja, el amigo, el maestro, el estudiante, el ciudadano.

La persona que necesita escuchar y ser escuchada.

La persona que también se equivoca.

La persona que también necesita descansar.

La persona que también necesita amar.

Y quizás esa sea una de las grandes responsabilidades de la educación artística:

no formar artistas que olviden que son seres humanos.



Una última pregunta


Después de tantos años de estudiar, enseñar, interpretar, crear y observar a otros músicos, cada vez me interesa menos preguntar quién es el mejor.

Me interesa menos saber quién tiene más títulos.

Quién tiene más premios.

Quién ha tocado en más escenarios.

Quién tiene más seguidores.

Quién aparece más.

Quién recibe más aplausos.

Me interesa mucho más otra cosa:

¿Qué estamos haciendo con todo aquello que hemos aprendido?


¿Nos está haciendo más sensibles?

¿Más capaces de escuchar?

¿Más capaces de comprender a los demás?

¿Más libres?

¿Más humanos?


Porque quizá la verdadera excelencia artística no consista solamente en alcanzar un nivel extraordinario de dominio técnico.


Quizá también consista en no perder nuestra humanidad mientras alcanzamos ese nivel.


Y tal vez el propósito más profundo de enseñar música no sea formar personas que puedan demostrar que son grandes músicos.

Sino acompañar a seres humanos para que encuentren algo que realmente tengan necesidad de decir.


Que aprendan a decirlo con honestidad.


Que tengan el valor de equivocarse mientras lo intentan.


Que sepan escuchar cuando otro habla.


Y que, después de todo, puedan regresar a casa y seguir siendo personas.


Porque cuando finalmente se apagan las luces del escenario, cuando termina el concierto y el aplauso desaparece, queda una pregunta que ningún premio, ningún título y ningún reconocimiento puede responder por nosotros:


¿Quiénes somos cuando ya no tenemos que demostrar que somos artistas?


Quizá ahí comienza, verdaderamente, nuestra relación con el arte.

 
 
 

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